Al final de su vida, el virtuoso rey Yudhisthira emprendió un largo viaje hacia las cumbres del Himalaya para alcanzar la puerta del cielo. En su ascenso, todos sus compañeros y familiares fueron quedándose atrás, y solo un perro callejero que lo había seguido desde el inicio permaneció a su lado.
Al llegar a las puertas del paraíso, el dios Indra descendió en su carro de oro y le invitó a subir. Sin embargo, Indra le puso una condición: "Puedes entrar, pero este perro, por ser un animal impuro, no puede cruzar el umbral".
Yudhisthira se negó a subir y respondió que no podía abandonar a un ser que había sido su compañero leal en los momentos más difíciles. Prefirió renunciar a la gloria eterna del cielo antes que traicionar el vínculo con el animal.
En ese momento, el perro se transformó: era en realidad el dios Dharma (la personificación de la rectitud y la justicia), quien lo estaba poniendo a prueba.
Yudhisthira fue el único que entró al cielo en cuerpo y alma, precisamente por su capacidad de sentir el dolor y la lealtad de otro ser vivo.