Cuenta la leyenda que en un antiguo templo de Oriente existía una estatua de un Buda gigante hecha de barro. Durante siglos, la estatua fue considerada tosca y simple, pero los monjes la cuidaban con devoción. Un día, después de una gran tormenta que dejó lluvias torrenciales, una pequeña grieta apareció en la superficie de barro.
Uno de los monjes, al acercar su lámpara para observar el daño, vio que algo brillaba desde el interior de la grieta. Con curiosidad y cuidado, los monjes comenzaron a retirar los trozos de barro seco. Para su asombro, debajo de la capa de tierra común, se escondía una estatua de oro sólido.
Se descubrió que, siglos atrás, ante la amenaza de una invasión, los antiguos monjes habían cubierto el Buda de oro con barro para ocultar su verdadero valor y protegerlo. Con el paso de las generaciones, la gente olvidó el secreto y terminó creyendo que el Buda era, simplemente, de barro.